Archive | mayo 2014

Los paparrachos y las playas vírgenes

Este puente del 1 de mayo lo hemos pasado en Cabo de Gata. Era nuestra primera vez allí (aunque llevábamos tiempo queriendo ir ante tanta maravilla escuchada) y vimos muchas cosas como para recoger la experiencia en un post. Lo que sí da para una entradilla en este irregular blog fue nuestra primera experiencia con niños en una “playa virgen”.

En Cabo de Gata abundan las playas vírgenes. Entiéndase como virgen aquella que carece de todo tipo de servicio público (incluidas duchas, papeleras o fuentes) y, por supuesto, de establecimiento de ningún tipo. Normalmente están alejadas de los núcleos urbanos y tienen accesos complicados. Unos mucho y otros bastante, por lo que pudimos comprobar.

Nosotros íbamos bien avisados, ya que desde el estupendo blog de nuestra amiga Pili Manrique ya nos habían dado todas las indicaciones, perfectamente complementadas de manera personal justo antes de irnos. Por eso, aquella mañana nos llevó más de tres horas prepararnos para ir: levantar a los niños, desayunos, preparar purés, fruta, agua, meriendas varias, ropa de playa, sombrilla, juguetes para la arena, minitienda para que no le dé el sol al bebé, snorkel… un cuadro, vaya.

Para no alargarnos más en los preparativos, decidimos hacernos la comida (bueno, los bocatas) en la misma playa. Así que llenamos el coche como si emigrásemos a Alemania y nos acercamos a una tienda a comprar las vituallas. Ya estábamos listos para ir a la playa. Aún no eran las 11 de la mañana… ¡nos sentíamos unos fenómenos! ¡Íbamos a ser casi los primeros en llegar!

¡¡¡Los primeros en llegar, dice!!!

¡¡¡Los primeros en llegar, dice!!!

Estábamos alojados en San José, justo al ladito de las dos playas vírgenes más famosas de Cabo de Gata: Mónsul y Genoveses. A las dos se accede por la misma “carretera” desde San José. Mónsul está a unos 5 kilómetros y Genoveses a mitad de camino. El plan era claro: vamos primero a la más lejana, pasamos allí la mañana, comemos y a la otra a pasar la tarde. Además, en caso de que el tema se complicase y sólo pudiésemos o quisiésemos ver una ese día, optábamos por Mónsul por su papel en la historia del cine (Indiana Jones y la última cruzada, Las aventuras del Barón de Munchausen, El viento y el León…) y la cultura (el videoclip de “Ave María” de Bisbal, jiji).

Bisbal e Indy. Dos mitos bien distintos compartiendo playa virgen.

Bisbal e Indy. Dos mitos bien distintos compartiendo playa virgen.

Así que, 5 kilometrinos por la pista de tierra. Una pista de tierra que bien podía haberse diseñado como instrumento de tortura para que los coches que han sido malos deen vida paguen por sus pecados. Qué vibrar, qué ruidos en un coche que cumplía ese día 1 año de vida, qué cantidad de mierda adherida a toda su superficie… un primor. Nos llamaba la atención el no estar prácticamente solos. Formábamos parte de una muy cívica caravana a 20 km/h que generaba unas nubes de polvo marrón muy cinematográficas ellas también.

Y llegamos allí ¡y el parking que está lleno, oiga!

– ¿Y ahora qué hacemos?

– A lo largo del camino no se puede aparcar o te lleva la grúa el coche…

– ¡No, no, que hace 5 minutos había una zona en que se podía aparcar para acceder a una de las calas entre las dos playas!

– Pues venga, rápido, no se vaya a llenar también.

Por los pelos, cogimos uno de los últimos sitios. Ya sólo faltaba coger TODO lo que habíamos preparado esa mañana y caminar hacia la playa. Con dos niños y un carrito de bebé, vehículo perfectamente diseñado para rodar por la arena, como ustedes bien saben.

La escena era dantesca. 700 metros (lo he mirado en el mapa) más cargados que Ortega Cano el día de su boda, arrastrando marcha atrás el carrito con el neñu, cayéndosenos las cosas por el camino… ríete tú de las aventuras de Calleja. No sabéis qué alivio al llegar y ver la playa. Descargar todo el material me produjo una satisfacción difícil de expresar con palabras. ¿Y la playa? muy bonita, sí, pero… ¿mucha gente, no? Pues aquello era sólo el principio. Por aquella carretera seguían llegando coches y empezaron a aparcar en el camino, algunos a 100 metros de la playa (cabrones…), pero claro, ¿qué cojones va a venir aquí la grúa si entre ir, enganchar un coche y volver tardaría hora y media y hay como 100 coches mal aparcados?

La playa es una preciosidad, no me digáis que no. La pena es que con tanta gente pierde el encanto y con niños ni te puedes plantear subir a la duna que trepa sobre la loma desde la que está hecha esta foto tan maravillosa.

La playa es una preciosidad, no me digáis que no. La pena es que con tanta gente pierde el encanto y con niños ni te puedes plantear subir a la duna que trepa sobre la loma desde la que está hecha esta foto tan maravillosa.

Total, que nos llevó un buen ratito quitarnos el cabreo de encima y empezar a disfrutar de la playa, que en aquel momento no estaba como San Lorenzo o Benidorm, pero había más densidad humana que en la mayoría de las playas de Ibiza o Costa Brava. Daba igual. Era el momento de disfrutar, que teníamos todo el día por delante. Así fue durante unos minutos, hasta que escuché estas fatídicas palabras:

– ¡¡Nos hemos dejado la bolsa del carrito en el apartamento!!

¡La bolsa del puto carrito! ¡Con las toallitas y los pañales! ¿Qué esperanza de vida playera nos dejaba este descubrimiento? ¿Cómo podía ser posible que en el cargamento que llevábamos no hubiera ni un pañal escondido en algún sitio? Un montón de ideas revoloteaban en mi mente aturdida cuando de repente me di cuenta de otra cosa:

– ¡¡¡¡El pan, mamanatas, que no hemos comprado pan!!!!

¿Qué íbamos a comer? ¿una lata de bonito a cucharadas? ¿una barra de fuet a mordiscos? Nosotros podríamos arreglarnos, ¿pero el guaje? El único que estaba con el sustento garantizado era el pobre neñu, con su puré en el termo. Allí estaba feliz, inconsciente de nuestro desatino con los preparativos.

Dos horas aguantamos en la playa. Nos dolían los dedos del cruce permanente confiando en la bondad del neñu para no cagarse encima y complicarnos más la vida. Cumplió; es un santo.

El retorno al coche no os lo vamos a contar, porque fue tan coñazo como la ida, pero sin la esperanza de encontrarse algo bonito al llegar. Pese a lo que pueda parecer al leer esto, fue un día muy divertido que completamos con la visita al faro del Cabo de Gata y al Cortijo del Fraile (otra carretera infernal de tierra, más larga todavía), donde se rodaron secuencias de El bueno, el feo y el malo y donde ocurrió el triste suceso en los años 20 que recogiera Lorca en su “Bodas de Sangre”.

El cortijo del fraile. No nos extraña que tantos western se filmaran en Almería. La luz y los paisajes son sencillamente increíbles.

El cortijo del fraile. No nos extraña que tantos western se filmaran en Almería. La luz y los paisajes son sencillamente increíbles.

Y un apunte para los amantes de lo virgen: las playas de la mayoría de los pueblos de la zona (La Isleta del Fraile, Las Negras, Agua Amarga…) son muy bonitas y estaban casi desiertas. Igual son menos vírgenes por poder tomarte una cerveza a pie de playa, pero si lo que queréis es tranquilidad y espacio, quizás no merezca la pena tanto esfuerzo.

Otro día, más, que ya nos estamos extendiendo mucho. Al Cabo de Gata, volveremos.

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